El plan falló sin haber comenzado, no estaba el auto, ni la futura ex-suegra, solo mi novia que me estaba esperando ya que ibamos a ir al cumpleaños de mi hermana.

Ufff, la c[o]n… de la lora, ¿y ahora?

– ¿Cuándo vuelve tu vieja?

– Ni idea, seguramente tarde a la noche. Respondió ella sin entender para qué catzo quería saber de su señora madre.

Yo creo que ese es el momento donde el espectador de esta pelicula dice… bueno! es hora de parar la pelota, blanquear, relajarse y hacer lo que se debe: “hacerse cargo”. Pero no, como toda historia digna de ser contada, el protagonista adolescente (aka: yo), no tiene ese momento de lucidez y todavía cree que puede zafar. Porque zafar era algo que venía muy acostumbrado a hacer… hasta ese momento.

– Ya sé, lo llamo a Jorge (amigo de la facu), tiene auto, le pido que me venga a buscar a Caseros (vivía en Haedo) y que me acompañe hasta Belgrano y luego a Moreno. O mejor solo hasta Moreno (nota mental: ¿no será mucho? nota mental II: fijate que ni en p[e]do se me ocurrió la posibilidad de irme hasta Haedo en bondi o por mis propios medios)

Obviamente lo llamé, no estaba, pensé en otro amigo que tampoco estaba o directamente me dijo “matate”.

¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? (yo todavía en Caseros)

Ya sé! Le digo a mi hermano César que le pida a mi vieja el intocable (auto que conducía ella —un Galaxy relativamente nuevo—), me traiga las llaves y me acerque hasta Moreno. Con suerte hasta lo convenzo a él a que hable con mi vieja y no sea yo el que se lo pida…

No recuerdo bien si hablé yo con mi vieja, estimo que sí, pero definitivamente recuerdo que mi hermano vino con el Galaxy hasta Caseros y me trajo las llaves (a las pu[t]eadas, pero vino). Por lo que ya mis viejos sabían de mi cag[a]da, pero lo importante era recuperar el Escort. Ya era de noche y yo no tenía idea qué irían a hacer con el auto en el estacionamiento a cielo abierto donde lo había dejado.

Cuando llega mi hermano a Caseros, desde adentro del auto, estirando su brazo por el asiento del acompañante me arrima las llaves, todavía tengo la imagen en mi cabeza de esa escena.

– Tomá! me dice con alguna señal de “este pel[o]tudo de mi hermano me hizo venir hasta acá”

– No bolu, le digo yo, llevame hasta Moreno. Ya es de noche, ¿cómo hago para llegar allá?

– ¡¿¡Qué!?! Ni en pedo, Veronica (su novia que vivía en Moreno) está yendo para casa (viajando, como todo el mundo, obviamente), y si te llevo para allá me voy a cruzar con ella. Se va a quedar sola esperandome como una hora en Belgrano.

– ¡Pero no seas garca! Dale Bro! Llevame, a esta hora vamos rápido…

Mi hermano que es un santo, accedió.

Y allá fui(mos), por tercera vez fui para Moreno ese mismo día (ya me conocía el camino de memoria).

Autopista, entrada a Moreno, callecita a la izquierda, a la derecha, que dos cuadras para allá, que otra para acá (un fletero estaba frente nuestro), que mi hermano me pu[t]eaba… vamos a cruzar una calle de doble mano, el fletero dobla a la derecha, mi hermano no se detiene para ver si venía alguien por la derecha.

– CUIDADO BOLU…

Grieiiiiiii, pum, crash, un remisero venía un poco distraido saludando a alguien y nos la dió! y feo!

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